ABS (Azioni di Bassa Soglia) – Acciones de baja exigencia. La experiencia de la ciudad de Florencia.

 

Eleonora Moscardi Global Education Magazine

Eleonora Moscardi

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Mara Marchitelli Global Education Magazine

Mara Marchitelli

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Valentina Menzella Global Education Magazine

Valentina Menzella

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Versión Italiana

Resumen: En el marco teórico sobre la marginalidad y la reducción de daños, la Región de La Toscana promueve en Florencia un nuevo proyecto de trabajo social de calle que opera en el contexto local de la estación central de trenes. El proyecto ABS tiene por objetivo tomar contacto con el mayor número de personas y grupos marginales, tanto italianos como extranjeros, involucrados en el mundo del consumo de sustancias, legales e ilegales; e implementar una red de conexión entre los diferentes actores del territorio. La primera fase de mapeo va seguida de una fase de contacto directo con los usuarios, a través de los métodos típicos de las intervenciones del trabajo social de calle y la reducción de daños. La presencia constante de los operadores sociales en el contexto de la estación de Santa Maria Novella favorece una visión amplia y enfocada al mismo tiempo del fenómeno de la marginalidad en la ciudad. Ello permite, por un lado observar aspectos específicos tales como, las características de los sujetos, las relaciones con los servicios/asociaciones de la red y el uso de sustancias; y por otro lado intervenir con acciones personalizadas y compartidas con las personas y desarrollar un trabajo de fomento de la red. Una lectura psicosocial del fenómeno permite ir más allá de la connotación exclusivamente vinculada al déficit y poner en marcha  intervenciones que promocionen un sentido de eficacia personal, que fomente a su vez una actitud positiva hacia el cambio.

Palabras clave: Marginalidad, Reducción de Daños, Consumo de Sustancias, Acciones de baja exigencia, Empoderamiento, Florencia.

 

Introducción

La extensión de las situaciones de marginalidad ha acompañado históricamente el desarrollo de las ciudades y metrópolis, por lo que la exigencia de pensar en intervenciones específicas dirigidas al ámbito de las marginalidades extremas es cada vez más evidente en los contextos urbanos, especialmente en esta fase histórica. De hecho, por un lado se hace cada vez más evidente la dimensión de la “ciudad deshabitada “, con los centros históricos que se convierten en “ventanas” para el turismo y cada vez menos un lugar de vida, socialización e integración de las personas. Por otro lado, la “ciudad deshabitada” se convierte en un lugar de referencia para los grupos marginales y con serias dificultades que ulizan los espacios para construirse “áreas de supervivencia”, móviles y precarias, a menudo atrapadas en actividades ilegales. La situación es compleja y requiere una intervención capaz de hacerse cargo del contexto a través de una política de aceptación y reconocimiento de los derechos/necesidades de las personas (Barnao 2004, 2007).

Con el término “marginalidad” nos referimos a grupos heterogéneos en cuanto al origen, las características culturales, las necesidades específicas y los problemas que crean en el contexto urbano. Grupos constituidos en su mayoría por personas sin hogar,  en los que se entrelazan  dificultades económicas,  expulsión del mercado de trabajo y fragilidades personales. La extensión de fenómenos tales como la adicción a las drogas y al alcohol, los problemas psiquiátricos o la inmigración ilegal (Ley Orgánica 15 julio de 2009, n. 94, introduce la inmigración ilegal como un delito), ha agravado aún más la situación global, con el riesgo de provocar conflictos lacerantes entre los llamados “marginales”.

Es un sujeto marginal (ya sea un grupo o un individuo) quien està lejos del centro del sistema social al que pertenece (es decir, ocupa una posición periférica) y está cerca de los límites que separan dicho sistema del exterior (o de otros sistemas). La marginalidad social, por lo tanto, se situa a lo largo del eje integración/exclusión y puede ser considerada como una de las posiciones intermedias de una escala que tiene en sus extremos las dos figuras opuestas, el integrado y el excluido. Sin embargo, a la figura del marginal se atribuye generalmente una cualidad específica, derivada del hecho paradójico de pertenecer por derecho a una determinada categoría y, al mismo tiempo, ser excluido tanto de las decisiones y el disfrute de los recursos, como de las garantías concedida a la mayoría de los miembros del sistema (Gallino, 1993). Esta posición “liminal” ha contribuido a la formación de representaciones sociales de la marginalidad que han enfatizado alternativamente el potencial de desviación (en cuanto área sustraída al control social), de innovación social y de oposición al orden establecido (Park, 1928). Las teorías de la marginalidad social, de hecho, se han  sucedido a lo largo de la historia, cambiando sus axiomas en relación a los cambios de las sociedades de referencia y, por lo tanto, de sus “marginales”.

En las sociedades del capitalismo tardío, en particular, aparecen nuevas formas de marginalidad social, cuyos rasgos son los siguientes: parece ser menos fácilmente localizable en las zonas periféricas (Barbano, 1982, p 28); se constata hoy en dìa una “transformación en el sentido adaptativo y funcional de la marginalidad social” (Paci, 1981); y por último, la expansión progresiva del área de “vulnerabilidad social” en las sociedades contemporáneas (Castel, 1991). Lo que caracteriza al sujeto marginal por lo tanto, es la experiencia de la no pertenencia, de la imposibilidad permanente de integración y de la necesidad de desarrollar relaciones solo y exclusivamente de tipo adaptativo (Ranci, 1996).

Estas nuevas fenomenologías necesitan, para ser plenamente comprendidas, una nueva conceptualización de la marginalidad, que enfatice más el carácter móvil y procesal de sus manifestaciones más reciente.

Desde una óptica de centralidad de la persona, de inclusión y de atención al cuidado de la salud, la Región Toscana ha decidido financiar, en distintas zonas, una serie de proyectos con el objetivo de llegar a todas aquellas personas excluidas de la red de servicios habitual. En línea con los conceptos de baja exigencia y reducción de daños, se ha considerado estratégica la puesta en marcha, en la ciudad de Florencia, de un nuevo proyecto de trabajo social de calle (llevado a cabo por la Associazione Insieme onlus y la Cooperativa Sociale CAT), destinado a promover y facilitar el acceso a los servicios socio-sanitarios y a activar los recursos locales de la comunidad en materia de salud, acogida y seguridad.

La intervención para la reducción de daños, aplicada en un primer momento como tratamiento sustitutivo de opiáceos y como programas de intercambio de jeringuillas (Berridge, 1993; Marlatt, 1998), ha ampliado gradualmente su ámbito de acción llegando a hacerse cargo de las necesidades sociales y sanitarias de los drogodependientes problemáticos, especialmente que aquellos más excluidos (EMDCCA, 2009). Estas intervenciones se sitúan, por tanto, en un enfoque de la salud pública que considera el uso de drogas ilícitas, no como un fenómeno causado por factores individuales (psicológicos o morales), sino como un fenómeno que causa problemas sociales y amenaza la salud pública (Drucker, 1995). Según este punto de vista, de hecho, los daños de la droga no están sólo (o no están tanto) en las características químicas de las drogas, como en la elección de criminalizar el consumo, cosa que conduce a la estigmatización y a la exclusión social de los consumidores mientras produce un próspero mercado ilegal. El objetivo, por tanto, de la intervención pública deberìa centrarse en las consecuencias del consumo más que en las causas y deberìa ocuparse de la gestión del fenómeno del consumo, más que en la eliminación de las drogas “(Cohen, 1999; Zuffa, 2006). Esto se traduce, en la práctica,  en políticas socio-sanitarias de apoyo y promoción de culturas y modelos de consumo más seguros, basadas en el reconocimiento de la capacidad de los individuos de “gestionar” y “controlar” el consumo, llegando a modelos de uso más moderado y/o reduciendo los riesgos. El modelo de promoción de la salud, adoptado por el de reducción de daños tiene, de hecho, la ventaja de ser absolutamente flexible, en comparación con el modelo de prevención/tratamiento de la patología, y, por lo tanto, se caracteriza por un mayor dinamismo y posibilidad de innovación de los programas, dirigidos tanto a los consumidores más problemáticos que no pueden beneficiarse de los tratamientos disponibles, como a los menos problemáticos que periódicamente atraviesan momentos de uso más intensos y arriesgados.

Las intervenciones de reducción de daños están estrechamente relacionadas con el concepto de “baja exigencia”, es decir, servicios de fácil acceso que se esfuerzan por responder a las demandas/necesidades de los usuarios. Según una investigación sobre la baja exigencia y el acceso al sistema de servicios (Camposeragna, 2009) en Italia resultan 157 servicios, divididos en seis tipos: servicios de acogida diurna (drop in); servicios de acogida nocturna; servicio de acogida de 24 horas;  unidades de calle para adictos a las drogas;  unidades de calle en los contextos de ocio; e intervenciones “otras”. Los cuatro primeros tipos actúan en el ámbito de la reducción de daños sociales, además de sanitarios, dirigiéndose a personas dependientes en condiciones de marginalidad; el quinto tipo actúa en el ámbito de la reducción de riesgos, dirigiéndose a los consumidores, sean estos problemáticos o no; y el último tipo incluye las intervenciones de los servicios residenciales de primera acogida que poco a poco han bajado el umbral para ofrecer momentos de tregua de la vida en la calle (Zuffa, 2011).

Dentro de este marco se sitúa el proyecto ABS (Azioni di Bassa Soglia – Acciones de baja exigencia), que se puso en marcha en el año 2009, y cuyo contexto territorial es el de la estación central de trenes de la ciudad de Florencia y zonas inmediatamente adyacentes. En concreto se trata de zonas que se caracterizan por una fuerte presencia de grupos marginales heterogéneos en cuanto a la etnia, la edad y las características socio-culturales, que se encuentran a menudo en situaciones altamente problemáticas.

Como consecuencia de la experiencia adquirida y de los resultados alcanzados en el primer año de actividad (Morandi et al., 2010), la edición siguiente del proyecto, que comenzó en abril de 2012, y aún está en marcha, pretende continuar y consolidar esta experimentación de actuaciones y servicios que promueven una lógica de proximidad a la persona, entendida tanto como construcción de una relación, tanto como estrategia de reducción de daños. Otro de los fines del proyecto es el de proporcionar intervenciones que sean capaces de promover una cultura de seguridad diferente, que no se limite sólo a mantener el orden público, sino que permita el desarrollo de proyectos personalizados y la participación activa de las personas, en definitiva, una acción de control social positivo. Finalmente, el proyecto ABS pretende poner en marcha estrategias para reconocer la calle como sitio privilegiado de observación de los cambios que están teniendo lugar.

Objetivos

Objetivo general: implementación de los servicios de proximidad y de baja exigencia que operan para la marginalidad y la adicción en la zona de Florencia y su conexión con la red de servicios socio-sanitarios de la zona.

El proyecto se divide en dos sub-objetivos específicos

Unidad de calle ABS

El nombre “ABS – Azioni di Bassa Soglia” nace como una indicación reconocible e inmediata del proyecto, haciendo alusión a las actividades que se desarrollan. El logo del proyecto, que representa un hombre caminando con una mochila y una mano extendida, es el símbolo de la metodología del trabajo social de calle aplicada por el equipo.

El objetivo principal es tomar contacto con el mayor número de personas y grupos marginales, tanto italianos como extranjeros, involucrados en el mundo del consumo de sustancias legales e ilegales, con el fin de poner en práctica acciones de prevención y reducción de daños, favorecer el auto-cuidado, proporcionar instrumentos para la protección de la salud, reducir las condiciones de riesgos derivadas del comportamiento e iniciar el contacto y el seguimiento de estas personas por parte de los servicios sanitarios y sociales de la zona.

También se pretende poner en marcha actividades educativas dirigidas a la promoción de la autonomía individual y con ello, al acceso a la red de apoyo formal e informal.

Acciones de conexión

El proyecto se propone como un medio para implementar una red de conexión entre las diversas intervenciones que existen en la zona: las intervenciones de baja exigencia y las de reducción de daños; se propone también como una herramienta capaz de favorecer una intervención de red entre los servicios institucionales y los del privado social (Servicios para Adicciones, Oficina para la Inclusión Social del Ayuntamiento de Florencia, Departamentos de Hospitales, Servicios de Salud Mental, Servicios Sociales Territoriales, Oficinas de Asesoramiento Jurídico, Centros de Acogida, Dormitorios, Comedores, Asociaciones Voluntarias, Empresa de Ferrocarriles del Estado, Policía y Policía de Ferrocarriles). Por último, el proyecto se propone como una herramienta de información y actualización sobre temas relacionados con la marginalidad,  el trabajo con las minorías, las emergencias derivadas del consumo de sustancias y las tendencias relacionadas con las situaciones de drogodependencia en la calle.

 

Metodología

La primera fase incluyó un mapeo del territorio a través de la observación de la presencia del fenómeno, tanto dentro de la estación como en sus alrededores. Por otra parte, de acuerdo con un enfoque ecológico, se realizó un estudio del contexto social, contactando directamente con los actores sociales presentes (asociaciones de voluntarios que operan en la estación, tiendas y servicios públicos) e identificacando los posibles lugares de refugio menos visible.

En la siguiente fase comenzó el contacto con los usuarios, a través de la metodología típica de las intervenciones sociales de calle y la reducción de daños, es decir, a través de acciones mucho mas “cercanas” a las personas, lo que facilita la posibilidad de establecer una relación, reconociendo las necesidades que la persona experimenta como una prioridad para llevar a cabo un camino compartido y personalizado.

El equipo hizo uso de herramientas operativas tales como “la escucha activa”, “la relación”, “la mediación social” y “la mediación cultural”. La intervención de los operadorores sociales tenía como objetivo el comienzo de un camino dirigido a mejorar las condiciones de vida de las personas presentes en la calle, proporcionando herramientas y conocimientos y, al mismo tiempo, trabajando para reforzar la conciencia de sí mismo y de las propias habilidades, fortaleciendo así el empoderamiento individual.

Transversalmente a las intervenciones con los usuarios, se hicieron reuniones con los distintos nodos de la red, se participó en varias mesas de trabajo activas en la ciudad y se llevó a cabo un trabajo de conexión de los sujetos involucrados, en distintos modos, en las intervenciones con la población diana.

 

Algunos resultados

Características de la muestra

En la primera edición del proyecto se estableció contacto con 145 personas (83% varones), con una edad media de 40 años, de los cuales el 54% eran extranjeros (principalmente de Europa del Este y del Norte de África).

En los primeros ocho meses de la segunda edición (mayo-diciembre de 2012) han sido involucradas 132 personas, la mayoría de las cuales de género masculino (72%), dato que refleja la composición de la población de la calle; no obstante se ve un aumento en el número de mujeres, a menudo caracterizado por situaciones de alto riesgo. En cuanto a las franjas de edad, la mayoría de las personas tienen entre 26 y 55 años (86%). Resulta relevante además un 10% de personas mayores de 56 años, dato también creciente respecto a la edición anterior, y que parece reflejar las nuevas formas de marginalidad, incluso tardías, vinculadas a un empeoramiento de las ya precarias condiciones socio-económicas de algunos. Respecto a la nacionalidad, el mayor porcentaje es de italianos (51%), seguido por un porcentaje bastante relevante de usuarios del área del Maghreb. Además, está aumentando la presencia de ciudadanos comunitarios, principalmente de Hungría, Polonia y Rumanía (22%). Desde la Europa no comunitaria llegan principalmente  ciudadanos de Albania, Bosnia, Croacia, Kosovo, Moldavia (14%).

En general se puede afirmar que existen dos grandes categorías de usuarios: un primer grupo, numéricamente pequeño pero más problemático en lo que respecta a la adicción a las drogas y la salud personal, que vive cotidianamente en la estación, de día y de noche; y un segundo grupo, más numeroso pero menos visible porque se mueve más, que utiliza la estación sólo por la noche y en ocasión de la distribución de comida por parte de las asociaciones. Forman parte de este último grupo los que podrían definirse como “nuevos pobres”, cuya marginalidad es a menudo debida a una extrema precariedad económica o social (e.j. vivienda).

En la realidad de estas personas el “estar en grupo” parece relevante, puesto que les permite hacer frente a algunas necesidades básicas, incluyendo la adquisición de bienes materiales, el intercambio de información o la necesidad de seguridad, especialmente para las mujeres o para los que están en la calle desde hace menos tiempo.

El 28% no tiene ningún documento válido de identificación, el 23% tiene un  documento italiano, el 5% un permiso de residencia y el 3% el pasaporte del país de origen. Con respecto a los documentos sanitarios se verifica, entre los extranjeros, un 14% en posesión del certificado de STP (Stanieri Temporaneamente Presenti – Extranjeros Temporalmente Presente), mientras entre los italianos sólo el 10% tiene una tarjeta sanitaria, y está por lo tanto, registrado en el Sistema Nacional de Salud. La posesión de un documento sanitario determina la posibilidad de acceder a muchos servicios, por lo tanto, y especialmente en el caso de los extranjeros sin permiso de residencia, se ha considerado prioritario actuar para la obtención del certificado STP. No siempre ha sido posible obtener información detallada sobre los documentos (17%), ya que se trata de una cuestión delicada y a veces causa de sospecha y desconfianza.

En cuanto a los italianos encontramos que el 50% de la muestra está formada por florentinos de nacimiento y/o de residencia. En general, el 60% de las personas con las que hemos tenido contacto no tienen una residencia, por lo que no tienen la posibilidad de acceder a todo el área la atención social.

El 76% de las personas vive y duerme en la calle o en situaciones muy precarias (temporalmente hospedados en casas de amigos, alojados en casas abandonadas o chabolas, caravanas, coches, vagones de tren, etc.), mientras sólo el 21% duerme en una vivienda propia o en un centro/albergue de acogida. Con respecto al trabajo, elemento que caracteriza el fenómeno de la exclusión social, vemos que casi nadie tiene un trabajo estable: el 94% de la muestra se divide por igual entre aquellos que han perdido sus puestos de trabajo (45%) y los que nunca lo han tenido (49% ), el restante 6% concierne a los que tienen un contrato de trabajo fijo o temporal.

Relación con los servicios y las asociaciones

La relación con los servicios es un elemento central del cual partir para estructurar las intervenciones personalizadas. La recolección de datos llevada a cabo muestra que sólo el 41% de los usuarios contactados acude a uno de los servicios de la zona (37% servicio para la drogodependencia, 3% oficina de inclusión social de la ciudad de Florencia, 1% servicios sociales locales y 1% servicios de salud mental), el restante 59% representa aquel “sumergido” al que el proyeto es llamado a atender.

La relación con los servicios, cuando existen, suele ser fragmentada y a veces conflictiva; muchas personas prefieren utilizar los servicios de emergencia, tales como el servicio de urgencias. En situaciones de emergencia más “críticas” (crisis etílica aguda, por ejemplo), los usuarios declaran que acuden a la sala de emergencia del hospital Santa Maria Nuova (el más cercano a la zona de la estación) para intervenciones “parche”.

La principal dificultad encontrada resulta ser, en la relación con los servicios públicos nocturnos y diurnos, la imposibilidad de acceder a dichos servicios debido a la falta de los documentos necesarios, mientras con respecto a los servicios de salud, se refiere al estigma y los prejuicios que, a veces, se perciben en la relación con los profesionales de estos servicios. También es necesario señalar como, a menudo, los que viven en condiciones de marginalidad social extrema muestran un claro rechazo a la posibilidad de utilizar los servicios, probablemente debido al miedo a perder relaciones significativas y una parte de su identidad de “sin hogar” adquirida con el tiempo.

La información con la que contamos sobre las relaciones con las asociaciones de voluntarios, muestran cómo se construyen relaciones con las organizaciones que ofrecen una respuesta inmediata a las necesidades básicas (comida, ropa, etc.).

Por último, en lo concerniente al acceso a los centros de acogida diurnos del territorio, entendidos como espacio de descanso y punto de partida para los caminos de mejora de la condición social y de salud, encontramos que sólo el 25% asiste o ha asistido a una de estas estructuras de manera estable. Este dato revela la necesidad de difundir información a la población diana sobre la presencia, el acceso y el funcionamiento de estos servicios.

Consumo de sustancias

Las sustancias estupefacientes legales e ilegales las consumen en la misma medida italianos y extranjeros, aunque con los usuarios del norte de África es necesario hacer algunas distinciones. Para muchos marroquíes la condición de marginalidad va unida a los últimos años de crisis económica, que han determinado la falta de trabajo, y como consecuencia, para muchos, la pérdida de la vivienda estable. La percepción del fracaso temporal del proyecto de migración, a menudo parece estar relacionado con un consumo de alcohol bastante problemático. Los usuarios tunecinos, sin embargo, cuya media de edad es más baja, se caracterizan por un mayor hábito de consumo y tráfico pequeño de cocaína y heroína, de las que con el tiempo, se han convertido la gran mayoría, en consumidores problemáticos o adictos.

En los últimos años, la ruta balcánica de las drogas ha perdido improvisadamente mucho peso, dejando a la mayor parte de los pequeños traficantes (por lo general tunecinos) sin suministradores (grandes traficantes generalmente albaneses). Desde entonces, muchos traficantes tunecinos han perdido esa fuerza económica que los diferenciaba de los otros y que se reflejaba, por ejemplo, en la posibilidad de prescindir de entrar en contacto con la realidad de la oferta de servicios de atención primaria (duchas, distribución de alimentos, ropa, etc.). La repentina falta del “escudo” dinero ha hecho que muchas de estas personas sean más conscientes de lo problemático de su condición de vida, aflorando en algunos el deseo de regresar a casa, visto como una posibilidad de reconstrucción del sè  y como una nueva perspectiva de vida.

Las últimas personas que han llegado, principalmente de Túnez, tras los acontecimientos de 2011, son en general muy jóvenes y, en principio, no comprometidas en el consumo de drogas. Muchos de ellos, sin embargo, deciden empezar una relación con las drogas convertiéndose en vendedores, atraídos por el poder adquisitivo que la venta permite, pero aún así conscientes de los riesgos a los que se enfrentan. Esta nueva generación, al contrario de la vieja, gasta todo en bienes de consumo y no envía dinero al país de origen, además difieren en las características de sus necesidades y planes de vida. Los viejos inmigrantes, que antes gestionaban el mercado de hachís, aparecen ahora agotados por la precariedad y la vida en la calle, convirtiéndose en sujetos más débiles y con menos poder de negociación en sus propias comunidades, también porque son consumidores (con distintos estilos de consumo: inhalado, inyectado o fumado).

Con respecto a las sustancias consumidas por las personas contactadas, el alcohol resulta ser la sustancia más difundida (60%), debido al gran número de usuarios, italianos y extranjeros, que la consumen, y al estilo de consumo diario y manifiesto.

Llegados a este punto, con respecto al uso problemático del alcohol, es necesario hacer una breve digresión relativa al enfoque teórico de referencia y las modalidades de intervención del proyecto, que son diferentes de aquellos a los que se refieran la mayoría de los servicios de salud de la zona. Estos servicios florentinos que se dirigen a los consumidores de alcohol se refieren, en un plano teórico, al modelo desease: el adicto es una persona enferma y la addiction es vista como entidad discontinua, o se es addict o no se es. Considerando la enfermedad de la adicción como irreversible, la única cura posible es el tratamiento y el único objetivo la abstinencia.

Como alternativa a este enfoque, el proyecto propone el de la harm reduction, que desarrolla sus principios dentro de la perspectiva psicológica del “aprendizaje social”. La salud es entendida como un estado de bienestar general de la persona en el ambiente, dando relevancia no sólo a las  variables biológicas, sino también a las psicológicas y sociales. El consumo de sustancias se entiende, por lo tanto, como un hábito aprehendido, y el comportamiento adictivo como un continuo, no como una entidad discontinua. Específicamente, el alcoholismo se considera “Un trastorno multifactorial (bio-psico-social) asociado con la asunción prolongada (episódica o crónica) de bebidas alcohólicas, con la presencia o no de la dependencia, que puede causar un sufrimiento multidimensional que se manifiesta de forma diferente de persona a persona” (SIA – Sociedad Italiana de alcoholismo).

La investigación de campo, y las observaciones directas de los consumidores en los setting naturales confirman una visión de la alcohol-dependencia como un fenómeno multifactorial en el que, además de los factores orgánicos, entran en juego factores psicológicos (conectados a la acción euforizante y ansiolítica del alcohol), factores socio-culturales (costumbres y hábitos, modelos culturales y de conducta aceptados por la comunidad, situaciones sociales y familiares) y factores personales (intento de calmar la ansiedad, la angustia, el miedo, la soledad, la tristeza, la inseguridad, la delusión o la ira sin éxito, y nuevos problemas que resolver como consecuencia del beber). El enfoque de la unidad de calle, tanto en términos de intervención, como de investigación, se traslada de la persona a las relaciones que tienen lugar en el ambiente o ecosistema de referencia.

El alcohol es también, para el 18% de los usuarios contactados, la base misma del pluri-consumo, lo asocian con el consumo de heroína, cocaína y psicofármacos. En este sentido, es necesario destacar como el pluri-consumo representa un dato cada vez más concreto en términos cuantitativos y cualitativos: el modo de hacer uso y relacionarse con las sustancias ha cambiado en los últimos años, y ha crecido la difusión y el acceso a diferentes tipos de sustancias, ya no limitadas a contextos específicos, sino transversales a ellos. Esto hace posible que se elija la sustancia (o la mezcla de sustancias) más adecuada en función de los efectos que se desean experimentar y del contexto en el que nos encontramos en un momento dado.

Por último, es necesario una reflexión sobre el abuso de medicamentos sin prescripción médica y, más concretamente, con respecto al misuse de metadona y psicofármacos, hecho que ha sido posible observar gracias a la presencia en las “plazas de consumo”.

Es importante detenerse a observar y reflexionar sobre el misuse de medicamentos y sustancias legales prescritas por los servicios de salud, debido a los elevados riesgos asociados a esta práctica, tanto a corto plazo (sobredosis de metadona, inyección de medicamentos de ingesta oral) como a largo plazo (adicción iatrogénica). Esta observación permite la reflexión sobre la interacción de este fenómeno con los servicios sanitarios (por ejemplo, en términos de umbrales de acceso), para ver si es posible realizar cambios en la organización o en las modalidades de acogida del servicio, y representa una oportunidad para profundizar el estudio de los cambios que se están produciendo en la población consumidora de sustancias en términos de estilos de consumo, pero también de etnografía.

La existencia de un mercado “gris” de metadona y fármacos es un hecho bien conocido, la novedad consiste en la expansión de este mercado y la superación de las fronteras, transfiriéndose a los países en los que el mercato está ahora floreciendo y por lo tanto es mucho más lucrativo.

Los estilos de tráfico actuales conciernen preferentemente metadona, subutex y rivotril: podemos suponer que la, cada vez más mala, calidad de las sustancias ilegales “de calle”, por un lado, y la fácil disponibilidad y la “seguridad” de los fármacos, por otro lado, pueden influenciar el aumento del uso de estos últimos, y por lo tanto, la proliferación del mercado gris.

Con respecto a los consumidores y los estilos de asunción de la metadona “de calle” hemos observado un uso prevalente entre los jóvenes, algunos de los cuales son usuarios de los servicios de drogodependencia que se caracterizan por un bajo nivel de compliance con el tratamiento. El uso es principalmente por vía intravenosa y algunos de los jóvenes italianos afirman que han abordado el uso inyectado de la metadona concentrada y no de la heroína, porque la consideran una sustancia más “segura”. Los riesgos van desde el rápido aumento de la adicción a los opiáceos, el riesgo de infección tanto si se inyecta por vía intravenosa como si se inyecta por vía intramuscular, hasta el riesgo de sobredosis.

Intervenciones llevadas a cabo

En los primeros ocho meses del proyecto se establecieron 693 contactos (han sido contadas todas las veces que los operadores sociales han tenido contacto y se han relacionados con los 132 usuarios).

Las necesidades que surgen tienen que ver principalmente con el tema de la salud y el autocuidado (26%), la relación/acceso a los servicios (17%), temas relacionados tanto con las condiciones de vida de la calle, por lo tanto a la extrema de marginalidad, como con los problemas de dependencia (8%). El ámbito de la inclusión social y la marginalidad (que representa el 21% de las necesidades exprimidas) cubre temas, tales como: soluciones de vivienda (11%), búsqueda de empleo (8%) y problemas legales (2%). Destacamos que, en la construcción de la relación, la gente siente la necesidad de contar su propia historia personal, elemento que favorece una relación de confianza que, con el tiempo, permite que salgan a la luz las necesidades específicas, a las cuales los operadores sociales puedan responden con la orientación, la mediación y el asesoramiento en el acceso a los servicios locales (49%).

Por último, es necesario centrar la atención en la actividad de counselling o asesoramiento (51%), lo que requiere, inevitablemente, la capacidad del operador social de crear un paréntesis que privilegie la escucha y la comprensión, lo que permite a la persona recurrir al operador también “sólo” para la búsqueda de un espacio socialmente vital. Esta es una intervención que da la posibilidad de expresarse socialmente a sí mismo, de modo que el operador pueda restituir al contexto institucionalizado de los servicios, la totalidad de la experiencia de vida de la persona, su mundo de referencia y/o las motivaciones que subyacen a sus elecciones. Las intervenciones breves son eficazes con las personas que consumen de manera arriesgada y peligrosa, situándose en un espacio intermedio entre la prevención primaria y tratamientos más intensivos, con el objetivo de dar a la  persona las herramientas para cambiar las actitudes básicas y hacer frente a una variedad de problemas subyacentes. Los elementos esenciales de este tipo de asesoramiento se pueden resumir en cuatro pasos: informar sobre los niveles de riesgo, adaptar la intervención a la etapa de cambio en la que se encuentra la persona (desde la rechazo-precontemplación a la acción-mantenimiento), proporcionar información sobre cómo llegar a niveles de consumo de bajo riesgo y anticipar estrategias de mantenimiento, ayudando a la persona a identificar las señales y las situaciones de recaída.

Fomentación de red

Actuar siendo consciente de estar dentro de un sistema es uno de los supuestos sobre los que se apoya la intervención, en la creencia de que sólo mediante el intercambio de conocimientos y la sinergia en la planificación y ejecución de las intervenciones, se pueda mejorar la eficacia de estas.

El tipo de usuario ha determinado desde el principio, la necesidad de una conexión con los servicios de drogodependencia, para poder compartir las exigencias, los proyectos y las intervenciones que se concuerden con las personas, y actuar como medio de conexión entre estas y el servicio para facilitar el enganche, o re-enganche cuando la relación se interrumpe por el motivo que sea.

Además de con los servicios de drogdependencia, resulta obvio que es esencial una estrecha relación con el drop-in de la ciudad (centro diurno Porte Aperte Aldo Tanas) y el resto de unidades de calle, con el fin de aumentar la sinergia y compartir herramientas y modelos de intervención entre los servicios de baja exigencia y reducción de daños.

A raíz de esto entablamos relaciones con la sala de emergencias del hospital y algunos departamentos, principalmente Toxicología y Enfermedades Infecciosas. Hemos de señalar además el importante intercambio con el centro médico Niccolò Stenone, un servicio de Caritas Diocesana de Florencia, que atiende a las personas que viven en condiciones de fuerte marginalidad y que necesitan atención médica gratuita y de calidad.

Dadas las características de fuerte marginalidad de las personas a las que se dirige la intervención, ha sido prioritaria la participación en las actividades de la Mesa de Inclusión Social, mesa de coordinación que nace como un punto de encuentro y comunicación entre los actores que se ocupan de la inclusión social en la ciudad de Florencia y como un observatorio preciso y oportuno para el seguimiento de la marginalidad y de los fenómenos vinculados esta, con el fin de dar respuestas concretas, a las necesidades identificadas, a través de un co-diseño sinérgico de actividades comunitarias.

Las necesidades con las que el proyecto ha tenido que enfrentarse, están en gran medida relacionadas con el bienestar social y, en su mayoría, relacionadas con la falta de vivienda. A esta cuestión se ha intentado responder mediante el trabajo de red con los centros de acogida nocturna del territorio, para todos aquellos que cumplen los requisitos de acceso, y con la participación activa en el proyecto de Acogida de Invierno, que empieza en noviembre, y que es un recurso adicional muy importante, ya que garantiza la acogida a los extranjeros sin permiso de residencia y con graves problemas de salud.

El intento de responder de manera cada vez más sinérgica ha dado lugar a una estrecha colaboración con los servicios sociales locales, con la Oficina de Inclusión Social del ayutamiento de Florencia, así como con Caritas Diocesana de Florencia y con todas las asociaciones de voluntarios que trabajan en el contexto de la estación de Santa Maria Novella, y que representan un recurso importante para la oportuna puesta en marcha de las intervenciones. Intentar responder a las necesidades expresadas, ha determinado también la relación con los servicios de asesoramiento jurídico gratuitos del territorio, a los que se envian a las personas con problemas jurídicos/legales.

Finalmente se han llevado a cabo encuentros periódicos con la Empresa de Ferrocarriles del Estado y la policía, en particular con la Policía de Ferrocarriles, con el fin de compartir las criticidades de la estación y presentar el trabajo realizado.

Conclusiones

La presencia constante de los operadores sociales en el contexto de la estación central de Florencia favorece una visión amplia, y enfocada al mismo tiempo, con respecto al fenómeno de la marginalidad en la ciudad. Paralelamente esta mirada permite también afirmar que la estación en su totalidad no es sólo una estructura físicamente presente en la ciudad, sino también una dimensión social, en la que se reflejan los cambios de la comunidad. Actualmente, la estación se configura cada vez más como un lugar de “llegada, parada y salida”, como “plaza” de la ciudad en la que se entrelazan dinámicas económicas y relacionales. Es evidente, por lo tanto, que con esta perspectiva debemos mantener una constante atención y sensibilidad hacia todas las formas de marginalidad que se dan en esta “plaza”. En este sentido, el papel de mediación que desarollan los operadores sociales hace posible la construcción de un diálogo entre los sujetos, muy diferentes entre ellos, y potencialmente, hace posible la reducción de los fenómenos de estigmatización y exclusión.

El proyecto ha permitido llevar a cabo algunas acciones centradas en las necesidades individuales, con el objetivo de comenzar un camino de mejoramiento de las condiciones de vida a través de la promoción de la autonomía personal y la adquisición de habilidades y conocimientos útiles para acceder a una red de apoyo formal e informal. Mantener una actitud alejada de los prejuicios y realizar una lectura compartida de las necesidades, ha permitido que surja, en la formulación de intervenciones dirigidas a esta población, la necesidad de introducir una fase en la que se le da a la persona la oportunidad de pensar en sí misma de manera diferente o de “posibilización”, de acuerdo con una perspectiva de empoderamiento. La condición de marginal, de hecho, tiene implicaciones no sólo socio-económicas, sino también con respecto a la construcción de una identidad que deriva del pertenecer a esta categoría. En otras palabras, podemos definir la marginalidad, antes que como un problema social, como un “lugar psicológico” determinado por la atribución a sí mismo de normas, valores y comportamientos que parecen ser funcionales para construir una identidad personal y social adecuada al contexto de vida.

Como conclusión, podemos afirmar que una lectura psicosocial del fenómeno permite ir más allá de la connotación exclusivamente vinculada al déficit que la condición de marginalidad implica. Un aspecto clave es el establecimiento de objetivos compartidos con la persona y programados sobre la base de un proyecto constituido por objetivos intermedios, que puedan ser fácilmente alcanzados y que sean entendidos como éxitos en el proprio camino de vida. Ya que consideramos el trabajo y la vivienda como los principales objetivos, resulta esencial la promoción de un sentido de eficacia personal destinado a fomentar una actitud positiva hacia el cambio.

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Este artículo fue publicado el 7 de Abril: Día Mundial de la Salud en Global Education Magazine.

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